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-Buenas, ¿la entrevista qué tal?
Todas y cada una me salen cojonudas, pero esta respuesta la tengo demasiado explotada.
-Tía, déjate de preguntas rebuscadas que nunca nadie me ha hecho. Venga, va, me lo han dado. Será la artillería pesada, te he dicho que ahora voy de traje.
-Fancy lunch tomorrow?
Para los demás es normal que les den un trabajo (mucho más si se trata de una mierda de trabajo).
-Donde la diminuta, ¿te hace?
-¿A las dos? Las dos de verdad, ¿ehh?
-Ok. Nas noches.
-Na nit.
A las doce desde la cola en el banco aviso a Olimpia de que llegaré a las dos y media ya que Leroy Johnson, el negro de Fama, o su doble gay y británico, ha decidido montarle un pollo al Natwest porque la cuenta se le ha quedado a cero y sus domiciliaciones han dejado el domicilio para irse debajo de un puente. A la una y media la vuelvo a sacar de la cama para decirle que a las dos llego al café francés, donde desde el 2003 una gabacha de parecido más que razonable a la niña de Los Diminutos (yo sí se donde están, en Londres) nos pone café al precio del crudo mientras el mafioso de su jefe pulula jugando al golf con otros mafiosos y ninguneándola mientras la mantiene en minimum wage (if).
Saliendo de la estación de Barons Court compruebo que sigue allí el eterno viejo negro de los ojos azules vendiendo el Big Issue, y giro a la izquierda para recordar cuantas veces giré hacia la izquierda y no hacia el college, todas las interminables y poco instructivas clases de Tara que me pasé por la misma entrepierna tomando café en el francés. Paso la delicatessen timaincautos, el cementerio donde almorzábamos y me acuerdo del tipo aquel tan práctico que siempre dejaba la chaqueta de su flamante traje, a modo de respaldo de silla, en una de las lápidas. Si algo me gusta de estos ingleses, es su pragmatismo.
Cruzo la calle y, cuando ya casi estoy en el francés, diviso a lo cerca a mi amor platónico: Domingo Domínguez, así reza su nombre en griego. Sé que es miope y no ve tres en un burro. También que le consta haber sido divisado por alguien conocido por como me tiro hacia él, y atisca (*). ¿He acelerado el paso? ¿Habré erguido la espalda, no? Y en éstas estoy cuando decido que mi mayor deseo es que Olimpia llegue tarde, muy tarde, que no llegue también me valdría. Yo confío en su impuntualidad desmedida.
Apretón de manos (¿lo de los dos besos se llevará en Grecia?), un quick update y todo tiene pinta de que quiere café, así que lo invito a deleitarnos un ratito del lunch. Cabe apuntar que no se trata del típico profe guaperas, es decir, que para entendernos podría decir que su atractivo físico es parecido al de Colombo, pero luego vuelvo a esto. El caso es que deja con la promesa de volver en diez minutos y rezo todo lo que sé para que a Olimpia se le pinchen las dos ruedas de la bici, o mejor aun, que aquella vieja que la denunció por el atropellamiento que nunca fue se le cruce y esta vez se la cargue de verdad.
Diez minutos después de sentarme en el bar Kyriakos ya está en la barra pidiendo un double espresso. Los dioses griegos han escuchado mis plegarias y Olimpia aun no ha llegado. Para cuando coge el café, y se dirige a la mesa, entra ella, le veo el pelo de tres colores (es lo que tienen las crisis existenciales) y le digo en español: ¿pero tú ves a quién llevas delante? Un momento antes de darse cuenta me mira como pensando "pobre, debería volverse a España como yo".
Discutimos amigablemente unos cuantos hot topics y se convierte la tertulia en una de esas clases de economía o derecho donde nunca nos habló de derecho ni economía; era el secreto para que mantener un buen índice de asistencia, supongo. Siempre lo he dicho, habla inglés como los ángeles con un acento infernal. Muy sexual. Tras una hora de furor uterino –todos sabemos que debería llamársele vaginal – que sumar a los dos años de clase, decide aliviarme de mi sinvivir y anuncia su retirada a tiempo, no sin primero preguntarnos si tenemos su número. Como si no supiera que la que no lo tiene soy yo. Miro con ojos de cordero degollado y le pregunta a Olimpia si sería tan amable de pasármelo. Olimpia elige entre eso y su cuello entre mis manos y contesta que claro.
Según sale del café, le comunico a Olimpia mi más absoluta seguridad de que ha de tener un polvazo increíble. A cambio ella me hace saber que no se pronunciará al respecto; no obstante, afirma estar más que segura de que, palabras textuales, tiene un rabo de impresión. Bien, estábamos las dos en la misma línea por lo que veo.
He de aclarar varias cosas: su conversación es inteligente, no espabilada ni observadora, ni aguda; es de ésos que te pierden y tienen que bajar el nivel un poco; y es feo, mucho más que convencionalmente feo. ¿Quién diría que ésta es la conversación que tenemos sobre él cuando se pira? Él lo diría, de eso también estamos seguras.
-Oye, –le digo – ¿te has dado cuenta de que entre tú y yo, por una sencilla operación matemática de adición de seguridades, seguramente este chico la tiene grande y sabe usarla?
Encendemos un chester y nos preguntamos cuánto habrá pillado la pareja brasileña de la mesa vecina.
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