Los sueños son sólo sueños. Lo que realmente importa es lo que sucede en la tierra, cuando tienes los ojos bien abiertos. Lo mejor para las pesadillas es cambiar las sábanas y volver a hacer el amor sobre ellas.
Carol Blenk
Es una de esas tardes naranjas. Enfrente, una fachada neoclásica, líneas puras y falsas columnas de capitel dórico. Detrás, las sábanas blancas en el tendedero oxidado intentan ganarle la batalla al tráfico que no deja de correr por debajo del balcón. O se secan pronto, o volverán, oliendo a tubo de escape, a la lavadora de la que acaban de salir. Autocares llenos de guiris, autocares fulanetdetal, recanvis de motos, Don Piso, motos y más motos. Curiosa estampa, o lo parece cuando la resaca leve te hace mirarla como si fuera la primera vez que la miras, siendo una de las últimas.
Me gusta mi nuevo esmalte de uñas, queda bien en el cuadro de este balcón, fachadas, sábanas, ruido celestial y esta tarde naranja.
Esto del sms (oye, me siento modernísima…), o la llamadita durante el fin de semana para que vaya a la oficina, no es que me haya pillado por sorpresa, ni muchísimo menos. Alguna vez ya le había cogido el teléfono para resolverle la urgencia: “Sí, mira, el 10% de 250 viene a ser aproximadamente 25, ¿te importaría mandarlo tú, digo yo, ya que te has puesto a leer mis e-mails, en vez de joderme el puto domingo yendo a la oficina para escribir 250+25=275, y enviarlo?” Pues una por el estilo era la de este sábado, así que esta raja se dijo a sí misma en una conversación interna de lo más trascendental: pasa, y ya que te pones, pasa mañana también.
Lunes:
-Nati, ¿tu teléfono funciona?
-Perfectamente, Sergio.
-Ah.
-Recibí tu mensaje. No tenía crédito para contestarte (vivan los móviles de tarjeta).
-Sube a mi oficina (y el por favor pa’ la peña, pienso para mis adentros).
Payaso, comemierdas, tapón, mequetrefe. Las tres “b” se me han quedado pequeñas: bastardo, bazofia y basura. No termino de describirlo bien. Pues no va y me dice, en toda mi cara, que soy una maleducada.
-Me vas a disculpar, Sergio, pero es que yo discrepo.
Pues erre que erre. Que si insolente, que si falta de respeto, que si maleducada y grosera… Decido informarle de que una inversión modesta en educación puede tener resultados muy óptimos, sobre todo en los años en los que se me educó a mí -no todos tenemos que haber crecido en un palacete en Vedado…, me guardo este comentario infame-, pero nadie lo saca de sus trece. Es como cuando vas cuesta abajo llegando a Manchester Road en la bici: no hay forma de pararla si no es con un buen revés de manillar en la rotonda.
-Prueba fehaciente de ello es que, por educación, no te estoy mandando a tomar por culo.
Huy, pero si he sacado al barbas que lleva dentro... Por un momento, creo que me grita Fidel y no él, culminación del cual discurso militar es que si tu jefe te escribe, te llama, te lo que sea, un sábado, o a las tres de la mañana, debes responder porque bla, bla, bla… Se va la cobertura. Me he comido la rotonda y el césped me sabe a gloria… ¡Coño, un rosal, me lo zampo! Es decir, le expongo a grandres rasgos la diferencia entre una dictadura militar y una monarquía parlamentaria, y hago mutis por el foro.
Un mes de aviso y a tomar viento fresco. Eso sí, lo estoy disfrutando. El viernes le mandé un e-mail en mayúsculas porque me dio la gana. Sólo me queda en el tintero decirle que se coma “una paila migas, so enano”.
Raja. 2. f. Hendidura, abertura o quiebra de algo. La RAE dixit.
Una vez aclarada la nomenclatura, procedo a quejarme donde nadie me contestará, espero, con un discurso político, sin sentido, a mis preguntas de por qué mi raja no puede ser el ejecutivo de ventas de una oficina en el exterior de un país de cuyo régimen o dieta no quiero acordarme y cuyo nombre no sería apropiado mencionar.
He aquí yo, y mi consabida raja, cuatro meses después de alquilar mi cuerpo durante ocho horas (o así reza el contrato) al día a una empresa que en destino me mide por número de personas que envíe, pero en origen por dinero facturado.
Mes uno:
-Así se hace una reserva, Nati.
-Ah, pues bien. Pásame otra. Ponme una dirección de e-mail. Regístralas bajo mi nombre, digo yo, vaya… Esto… ¿mis reservas se están registrando bajo tu nombre?
Mes dos:
-¿Cuándo viene el informático para abrirme una dirección de e-mail y empezar a registrar mis reservas bajo mi nombre y por lo tanto bajo mis ganancias?
-Mañana. Nati, no hagas reservas, tienes mucho que leer aún. ¿Qué leo?, se pregunta Nati. Todo, es la respuesta. Tienes que leer mucho, ¿a ti te gusta leer? Toma, un libro revolucionario. Ah, y hazme esta reserva, ya la registro yo.
Mes tres: estampida. El ejecutivo de ventas (de mis ventas más concretamente) hace una de pirarse, la madrileña ve la liebre saltar y pide lo que no se le puede dar; otra que echa a correr. Y Nati lee que te lee.
Mes cuatro: Nati lleva un mes entero haciendo el trabajo de dos que echaron a correr sin mirar atrás, más el suyo, firma contratos, buenos, más una serie de misceláneas…, ohh, pero si Nati ya ha producido su salario anual…
-Nati, qué bien vas.
-Sí, sí, voy bien, ya hablaremos que tengo cosas que hacer, ya sabes, todo.
Nati sale a las once de la noche de trabajar día sí y día también, se recorre medio país de buenas a primeras para echar unos rayajos, los echa y cómo los echa.
-Qué bien llevas el trabajo del ejecutivo, Nati. Mira, Nati, te presento al nuevo empleado, no sabe dónde tiene la cara, pero tiene cosas que le cuelgan entre las piernas. Enséñale, que puede ser tu jefe y ejecutivo de ventas pronto. Y supervísalo hasta entonces, eres la responsable, pero no lo hago oficial para no crear mal ambiente. ¿Me entiendes?
Pues no. Nati es lo malo que tiene, que no entiende. ¿Desde cuando crea mal ambiente que llegues a un trabajo y te digan “ésa de ahí es la que lleva esto”?
Mes cuatro más un día:
-So burro, ¿soy tu ejecutiva de ventas?
-Claro que no.
-¿Acaso no hago su trabajo? Ya sin meternos en minucias como que hago también el mío, el de la madrileña…
-No te compares con traidores, eso no es bueno. Tú eres tú, y entonces como tú eres tú tienes que pensar en la vida en función de ideas superiores…
Desconecto, de vez en cuando vuelve la señal y oigo tamañas paridas como que el innombrable no es un país comunista, cosa que aparte de no conseguir ubicar en esta conversación me saca la risilla que desde hace rato pensé no volvería en días.
-So burro, ¿me subes el sueldo?
-Sí, claro, mil libras anuales.
-Señor zopenco, sin ninguno de todos mis respetos, ¿usted qué fuma?
-Eres una “muyayita resién” graduada, mi amol…
- Sabe usted, borrico, asno de los cojones -que cuelgan-, pues no me han parado nunca a la entrada del metro para descontarme el bono por ser una “muyayita resién” graduada, ¿no es curioso? ¿Acaso debería reclamar al London Transport?
El borrico sube hasta donde dice mi raja, pero mi raja no se llama, ni se la llamará nunca en esa empresa, sales executive.
-Buenas, ¿la entrevista qué tal?
Todas y cada una me salen cojonudas, pero esta respuesta la tengo demasiado explotada.
-Tía, déjate de preguntas rebuscadas que nunca nadie me ha hecho. Venga, va, me lo han dado. Será la artillería pesada, te he dicho que ahora voy de traje.
-Fancy lunch tomorrow?
Para los demás es normal que les den un trabajo (mucho más si se trata de una mierda de trabajo).
-Donde la diminuta, ¿te hace?
-¿A las dos? Las dos de verdad, ¿ehh?
-Ok. Nas noches.
-Na nit.
A las doce desde la cola en el banco aviso a Olimpia de que llegaré a las dos y media ya que Leroy Johnson, el negro de Fama, o su doble gay y británico, ha decidido montarle un pollo al Natwest porque la cuenta se le ha quedado a cero y sus domiciliaciones han dejado el domicilio para irse debajo de un puente. A la una y media la vuelvo a sacar de la cama para decirle que a las dos llego al café francés, donde desde el 2003 una gabacha de parecido más que razonable a la niña de Los Diminutos (yo sí se donde están, en Londres) nos pone café al precio del crudo mientras el mafioso de su jefe pulula jugando al golf con otros mafiosos y ninguneándola mientras la mantiene en minimum wage (if).
Saliendo de la estación de Barons Court compruebo que sigue allí el eterno viejo negro de los ojos azules vendiendo el Big Issue, y giro a la izquierda para recordar cuantas veces giré hacia la izquierda y no hacia el college, todas las interminables y poco instructivas clases de Tara que me pasé por la misma entrepierna tomando café en el francés. Paso la delicatessen timaincautos, el cementerio donde almorzábamos y me acuerdo del tipo aquel tan práctico que siempre dejaba la chaqueta de su flamante traje, a modo de respaldo de silla, en una de las lápidas. Si algo me gusta de estos ingleses, es su pragmatismo.
Cruzo la calle y, cuando ya casi estoy en el francés, diviso a lo cerca a mi amor platónico: Domingo Domínguez, así reza su nombre en griego. Sé que es miope y no ve tres en un burro. También que le consta haber sido divisado por alguien conocido por como me tiro hacia él, y atisca (*). ¿He acelerado el paso? ¿Habré erguido la espalda, no? Y en éstas estoy cuando decido que mi mayor deseo es que Olimpia llegue tarde, muy tarde, que no llegue también me valdría. Yo confío en su impuntualidad desmedida.
Apretón de manos (¿lo de los dos besos se llevará en Grecia?), un quick update y todo tiene pinta de que quiere café, así que lo invito a deleitarnos un ratito del lunch. Cabe apuntar que no se trata del típico profe guaperas, es decir, que para entendernos podría decir que su atractivo físico es parecido al de Colombo, pero luego vuelvo a esto. El caso es que deja con la promesa de volver en diez minutos y rezo todo lo que sé para que a Olimpia se le pinchen las dos ruedas de la bici, o mejor aun, que aquella vieja que la denunció por el atropellamiento que nunca fue se le cruce y esta vez se la cargue de verdad.
Diez minutos después de sentarme en el bar Kyriakos ya está en la barra pidiendo un double espresso. Los dioses griegos han escuchado mis plegarias y Olimpia aun no ha llegado. Para cuando coge el café, y se dirige a la mesa, entra ella, le veo el pelo de tres colores (es lo que tienen las crisis existenciales) y le digo en español: ¿pero tú ves a quién llevas delante? Un momento antes de darse cuenta me mira como pensando "pobre, debería volverse a España como yo".
Discutimos amigablemente unos cuantos hot topics y se convierte la tertulia en una de esas clases de economía o derecho donde nunca nos habló de derecho ni economía; era el secreto para que mantener un buen índice de asistencia, supongo. Siempre lo he dicho, habla inglés como los ángeles con un acento infernal. Muy sexual. Tras una hora de furor uterino –todos sabemos que debería llamársele vaginal – que sumar a los dos años de clase, decide aliviarme de mi sinvivir y anuncia su retirada a tiempo, no sin primero preguntarnos si tenemos su número. Como si no supiera que la que no lo tiene soy yo. Miro con ojos de cordero degollado y le pregunta a Olimpia si sería tan amable de pasármelo. Olimpia elige entre eso y su cuello entre mis manos y contesta que claro.
Según sale del café, le comunico a Olimpia mi más absoluta seguridad de que ha de tener un polvazo increíble. A cambio ella me hace saber que no se pronunciará al respecto; no obstante, afirma estar más que segura de que, palabras textuales, tiene un rabo de impresión. Bien, estábamos las dos en la misma línea por lo que veo.
He de aclarar varias cosas: su conversación es inteligente, no espabilada ni observadora, ni aguda; es de ésos que te pierden y tienen que bajar el nivel un poco; y es feo, mucho más que convencionalmente feo. ¿Quién diría que ésta es la conversación que tenemos sobre él cuando se pira? Él lo diría, de eso también estamos seguras.
-Oye, –le digo – ¿te has dado cuenta de que entre tú y yo, por una sencilla operación matemática de adición de seguridades, seguramente este chico la tiene grande y sabe usarla?
Encendemos un chester y nos preguntamos cuánto habrá pillado la pareja brasileña de la mesa vecina.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/